sábado 26 de diciembre de 2009

Domingo 27 de diciembre, Loopoesia cierra el año en Heliogabal


Heliogábalo murió el 11 de marzo del 222 dejando una estela de lujuria,perversión y adoración solar....casi dos milenios más tarde unos chicos de Gracia decidieron abrir un local con el nombre del Emperador romano y optaron por dar al domingo una noche poética.

Ha sido un año muy intenso y lo cerramos en uno de los mejores locales de Barcelona. Aportaremos novedades que serán más visibles en 2010,os anticipamos cosillas.

1.- El anónimo toledano se ha ido de vacaciones a la Pérfida Albión, volverá en enero....su sustituto será un aguerrido maniquí que lo dará todo para que no se note la ausencia de nuestra querida mitad de proyecto loopoético. Anónimo,te queremos.

2.- Presentaremos un borrador de las proyecciones 2010....nos traumatizaron en una fiesta de cumpleaños: el resultado es asombroso

3.- Bettina supo que su marido estaba vivito y coleando en Brighton. Nos ha abandonado,pero este domingo os presentaremos a Laura Farigola Romaní, una diva de los años veinte.

4.- Jean Martin du Bruit tiene miedo. Desde nuestro blog pedimos vuestro incondicional apoyo para que este domingo la actuación sea el broche de oro de un año extraordinario.


Especial Loopoesia navideña

Domingo 27 de diciembre 21 h 30 minutos

Heliogabal

Carrer Ramón y Cajal 80 ( al lado del metro de Joanic)

Precio de entrada: 4 euros


Después iremos de copas y a perpetrar inocentadas.


Loopoesia es amor

viernes 25 de diciembre de 2009

Otro inédito de regalo: El metro


El metro

Santa locura veinteañera
(documentales heroicos)
Diecinueve horas
( un ojo hinchado sin luz diurna)
Dieciocho pausas
( respiración cutánea)
Diecisiete músicos reglamentados
(soldadesca limitada)
Dieciséis libros forrados
(vergüenza lectora)
Quince miradas fugaces
(amore che viene, amore che va)
Catorce entrevistas espontáneas
(amigos y vecinos)
Trece mendigos protestando
( barbas voraces barcelonesas)
Doce revisores sin trabajo
(germanización catalana)
Once insultantes chicas
(me enamoro cinco segundos)
Diez quejas inútiles
(¿Quién denuncia a la denuncia?)
Nueve luces fundidas
( apaños menores)
Ocho atroces transbordos
(incubos maratonianos)
Siete puertas de seguridad
( cristal con porras)
Seis paradas en obras
( rutina pasajera)
Cinco insectos en conserva
( toallas y candados)
Cuatro besos mal dados
( música para los labios)
Tres rampas sin minusválidos
( lo arcaico de dolmen)
Dos escaleras con desorden
( filas de pausa y prisa)
Un subterráneo como la superficie
( obvio paralelismo)
Metro


Poema y foto: Jordi Corominas i Julián

jueves 24 de diciembre de 2009

Por Navidad os regalo un poema inédito



Me ha dado este punto y os regalo un poema inédito de un futuro poemario de Barcelona. El formato del blog lo desluce, pero espero que os guste. ¡Feliz satrapía!

Plaza Lesseps ( O el Coliseo se construyó en ocho años)
A Carmen Ortega Chamorro



Documento básico,
Seguridad estructural.

Parte 1
197 KB
Descargar
Longevidad pública
DB-SE
Ratas de alcantarilla
DB-SE
377 KB
Descargar
Cascos amarillos
DB-SE AE: Acciones en la Edificación
1.253 KB
Descargar
Doble vial
DB-SE C: Cimientos
2.873 KB
Descargar
Bloqueo artificial
DB-SE A: Acero
1.656 KB
Descargar
Mosqueo colectivo
DB-SE F: Fábrica
831 KB
Descargar
Campaña electoral
DB-SE M: Madera
1.684 KB
Descargar
Comisión, poco obrera
DB-SI: Seguridad en caso de incendio
1.482 KB
Descargar
Champanes municipales
DB-SU: Seguridad de Utilización
691 KB
Descargar
Ruido ambiental
DB-HS: Salubridad
2.987 KB
Descargar
8 ½ sin arte
DB-HR: Protección frente al ruido
1.047 KB
Descargar
Derrumbe del diferencial
DB-HE: Ahorro de energía
3.549 KB
Descargar
Espacio público demencial
Consultas sobre los documentos básicos DB-SI y DB-SU
340 KB
Descarga

Documento básico,
Seguridad estructural.

Plaza Lesseps
(fallo en la memoria cronológica)



Foto y texto de Jordi Corominas i Julián

domingo 20 de diciembre de 2009

Video de las Xarxa de Televisions locals sobre Matar en Barcelona

Diez días en un manicomio en Revista de Letras


Investigando en la fábrica del desquicio: Diez días en un manicomio por Jordi Corominas i Julián

Observo con detenimiento la fotografía de Nellie Bly. Parece joven y su pose para la imagen transmite fuerza y determinación. Su mirada trasluce inteligencia y un aire entre cándido y arrogante, como si supiera de su tarea pionera en el periodismo femenino. Es femenina, tiene cintura casi de avispa y viste con elegancia al uso, dama burguesa que ha ganado su posición con valentía.

Hace un mes escribíamos en estas mismas páginas sobre la buena noticia a nivel editorial que supone la aparición de editoriales centradas en una literatura concreta. Si Nevski Prospects ama a Rusia, Ediciones Buck adora a Norteamérica. Por una vez la Guerra Fría produce ilusión. No habrá Vietnam ni tanques en Hungría, sólo el envite diario de recuperar textos de calidad olvidados en el cajón de la ceguera histórica, obras que prescinden de a buenas horas mangas verdes y muestran al público su imperecedera valía, verdadero motor que sigue dándoles marchamo e interés contemporáneo.

Diez días en un manicomio narra la odisea encargada de Nellie Bly en algunos de los bajos fondos institucionalizados de la ciudad de Nueva York antes de los rascacielos. En 1887 el periódico donde trabajaba le encargó investigar sobre cómo era la vida en una institución de enfermos mentales. La encorajaron y le concedieron un buen margen de tiempo para emprender tamaña aventura sin temor. Cuando se sintió preparada decidió empezar su edificio yendo a transcurrir una noche en un hogar temporal para mujeres trabajadoras ubicado en el número 84 de la Segunda Avenida. Desde las primeras páginas del volumen, la autora nos habla con extrema naturalidad, sinceridad desarmante que acentúa la empatía con lo vivido por la chica de Pennsylvania, quien una vez accede al primer punto de su viaje inicia su camino hacia la falsa locura para llamar la atención y ser expulsada hacia el juzgado policial, Bellevue y la isla de Blackwell, ghetto para locos y dementes. Lo conseguirá después de pasar una noche en blanco, un cara a cara consigo misma a la espera de resultados, e inventarse una paranoia sobre unos inexistentes baúles. El martillo del juez aconsejará, tras una cómica mención a Cuba, trasladarla al hospital, donde la declararán apta para ingresar en el aislamiento reservado a los que por sus condición psíquica no merecen vivir con el resto de los mortales. Este tramo previo a la experiencia del manicomio desvela la ignorancia primigenia de un mundo sin conocimiento científico que deja seducirse por certezas de sabiduría popular, idóneas para que una mujer inteligente las desmonte en un abrir y cerrar de ojos, como ocurre cuando el magistrado bromea sobre la gran Antilla y la protagonista halla el perfecto ardid para justificar su locura. Sí, ella proviene de la periferia habanera y, ¿quién podría dudarlo?, habla castellano. Asimismo que la candidata a la camisa de fuerza tenga las pupilas dilatadas es señal de drogadicción, no de vista corta. Así pues, supongo que no les resultará complicado entender cómo la periodista va derribando barreras en su empecinada carrera para franquear las puertas del abismo. Tiene luces y dialoga con memos, gente soberbia que prescinde de penetrar en el alma al creer en una superioridad estéril, refugio idóneo del poderoso incapaz de aceptar su mediocridad.



El averno terrenal: El manicomio y la matanza de los inocentes

Tengo la suerte de tratar con muchas personas mayores que mantienen un pulso diario con la actualidad. Su concepción de ciertas enfermedades es maravillosa. Ahora usan términos para cualquier cosa, antes si alguien tenía un trastorno depresivo se curaba solo, con el paso del tiempo. Sí, les respondo, y muchos padecieron más y fueron internados sin ningún tipo de justificación. En Italia Trieste tiene fama de ciudad maldita. Durante parte del siglo XX se llevó la palma en suicidios por habitante, y su famoso viento era la excusa que explicaba el aforo completo de sus sanatorios mentales. Sombreros napoléonicos y gritos en la oscuridad. Un buen día decidieron sacar a los reclusos a la calle y su condición mejoró para mayor desgracia del mito maldito de ese puerto fronterizo entre el Mediterráneo y la Europa germánica.

Mencionamos la pasada centuria, pero en los Estados Unidos de 1887, un país que aun no era la primera potencia mundial por meras cuestiones estadísticas, estos futuros avances eran quimeras impensables en el horizonte. Nellie Bly, con el mismo nombre aunque oculta con el apellido Brown, descubre en el Hades de Blackwell un microcosmos corrupto, insano y deleznable. La intrépida reportera cambia su táctica y deja la comedia para comportarse con normalidad. Dice las cosas a la cara, recibe desdén y la sospecha por parte de las mal llamadas enfermeras de sufrir un serio desequilibrio, irremediable. A su alrededor el caos reina impertérrito. La higiene es una bañera con la misma agua fría para todas las pacientes, las telas son nimias, la comida una roca intragable, los maltratos contundentes, el frío atroz. Por si esto no fuera poco, nadie se preocupa por las pacientes. El síntoma más claro de la imposibilidad de escapar a una segura condena es el trato dispensado a una alemana que no entiende ni una palabra de inglés. Como no puede comunicarse se la deja en manos de Dios, que es lo que corresponde a las chaladas, penar por los pasillos de la mansión hasta que la muerte las separe de esa agonía vital. Escuchar está prohibido. Sí, hay médicos, despreocupados, sentados en su despachos como si la música sonara lejana y no en las mismas paredes donde tienen que emitir diagnósticos y soluciones para devolver la cordura a su rebaño.

Todos estos elementos eran la perfecta conjura para desestabilizar definitivamente a las pobres que habían dado con sus huesos en esa pocilga de monstruos con bata. Crucemos el charco y adelantemos la cronología un año. En Londres, nuestro asesino favorito campa a sus anchas por la podredumbre de Whitechapel. Putas muertas, alarma en los medios. George Bernard Shaw definió a Jack el destripador como un gran reformador social. El barrio recibió atenciones, se demolieron edificios y se establecieron políticas para subsanar el grito amargo del East End y humanizar el desecho que las autoridades ignoraron durante decenios. Nellie Bly no usó cuchillos. Tampoco degolló. Su ejercicio de gonzo antes del gonzo, repetido en otras ocasiones como podemos apreciar al final del libro, destapó el hedor de la cloaca y lo hizo público. No existe la redención en el infierno si sus custodios permanecen pasivos. Las vejaciones infringidas a esas mujeres no tienen perdón. Las drogaban anulando su personalidad y dominaban su reloj para desactivarlas, como si fueran inútiles bombas de relojería. Las horas del manicomio eran la nada multiplicada por mil. Al no poder desarrollar ninguna actividad desnudaban el cerebro hasta hacerlo trizas, el cometido clínico de las lumbreras que dirigían el establecimiento consistía en ejercer de sádicos carceleros, guardianes de carne desquiciada en movimiento, inopia carente de cinco sentidos a base de un laissez faire laissez passer poco económico, demasiado brutal para que encaje en las coordenadas de nuestra especie. Los hombres transformaban a sus semejantes en bestias y se regocijaban con su asfixiante miseria de salario mensual y pan blanco en abundancia. El hombre es un lobo para el hombre.

La acción de la periodista se enmarca en el buen hacer de su profesión que permite avanzar porque denuncia y logra cancelar lo más abominable de nuestra condición. La investigación de Nellie sirvió para destinar más fondos a los sanatorios y suscitar el debate sobre lo que acaecía en los lugares vetados al ojo común.

Ciento veinte años después leemos su manuscrito y la admiramos. Por su estilo directo, por sus ovarios bien puestos y por transmitirnos tanto con mucha simplicidad. Bly, de la que en breve recibiremos más material con la publicación de La vuelta al mundo en 72 días, no tuvo miedo en adentrarse a las profundidades de un abismo recóndito. Sus veinte años, efeméride que da más altura a sus pesquisas, se revelaron un prodigio de inteligencia y savoir faire. Burló la férrea hipocresía de los mandamases y salió victoriosa de un lance muy arriesgado. En 2009 su osadía ha cedido el puesto al espectáculo puro y duro. Unos callejean, otros venden humo investigativo para sorprendernos con banalidades. Y los de siempre, aquellos que ostentan el cetro y sonríen en las fotografías de los rotativos enfundados en sus tristes corbatas, caminan despreocupados porque quizá hemos olvidado que la labor detectivesca en el campo periodístico ha de ser la plataforma para la mejora de nuestra civilización y no un mero alarde ególatra de palmaditas en la espalda. Lean a Nellie Bly y aprendan, quizá el pasado sirva para construir futuros.

jueves 17 de diciembre de 2009

La noche de los tiempos en Revista de Letras


Viaje hacia el abismo personal y colectivo: La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina por Jordi Corominas i Julián

Hace frío en Madrid. En Estados Unidos la estación es anonimato. Ignacio Abel es un hombre sólo en el mundo, cargado de recuerdos que una maleta no puede llevar. Su pobreza estética y su alienación española son el mal de un país en guerra, enfrentado al irraciocinio por exceso de retórica y salvajismo contrario a reformas.

Leer La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina me ha hecho pensar mucho en dos cuestiones fundamentales. La primera se refiere al estado de la literatura española y al debate entre jóvenes y consolidados. La prosa del ubetense contiene una naturalidad cargada de experiencia y madurez que permite reflexionar sin alardes, escribiendo desde una desnuda solidez que quiere contar la historia de un tiempo y su tensa atmósfera para explicar o intentar entender los motivos de la catástrofe. La Guerra Civil asoma otra vez y asiste a su cita más que anual vestida de cotidianidad, con traje de altos vuelos. Cabe suponer que cada narrador que trata el tema de los temas busca dar con la visión definitiva del conflicto. Es imposible. Moriremos y las generaciones venideras continuarán con la cantinela, y probablemente así sea porque nunca hemos sido claros con esos tres años, presentes en nuestra educación sentimental desde una vertiente anecdótica que ofrece muchos datos, lágrima fácil y escasas certezas. Nos sobran los motivos, pero también hay que intentar entenderlos si queremos ser honestos con la Musa Clío, la gran protagonista de un relato colectivo difícil de hilvanar por su abrumadora importancia que supera personas y las engulle sin piedad.

Para resultar creíbles en esta batalla conviene armar con mucha precisión el contexto y el alma de los personajes. Ignacio Abel es válido para la causa, un hombre templado que observa con inevitable pasión la antesala de la carnicería. Arquitecto de origen humilde, vive en el barrio de Salamanca y sigue con devoción las obras de su proyecto más ambicioso: La Ciudad Universitaria. Abel es un español que mira más allá y abraza valores modernos. Ha estudiado en la Bauhaus, tiene amistad con altas figuras político-culturales y detesta la rancia tradición nacional-católica encarnada por su familia política, obstinada en negar el progreso y alentar desde su mediocridad la defensa de un orden caduco. Su vida ha alcanzado una plenitud agridulce. Su cenit profesional contrasta con la rutina casera, con una mujer a la que no ama y unos hijos que le preocupan bastante menos que sus ocupaciones laborales. La ruptura llegará bajo el signo del amor. Judith Biely irrumpirá y ya nada será igual. La americana es joven y curiosa. Sus preguntas e inquietudes obtienen respuestas que ayudan al lector a situarse en el ambiente de 1936, cuando el Frente Popular gobernaba y la calle se llenaba constantemente con proclamas políticas que alimentaban hambres revolucionarias de varios colores, todos nefastos.



El romance es como un puente conector hacia la huida de una realidad desagradable y angustiosa, fuga que se concretará cuando el arquitecto emigre a Estados Unidos para edificar una biblioteca en un campus. Las citas furtivas y el deseo manifiestan la voluntad de aislarse del mundanal ruido y disfrutar de un sueño dentro de la pesadilla que se cierne en el horizonte. Durante más de quinientas páginas leemos caricias, arrumacos, besos, carantoñas y anhelo físico, aunque lo importante, reiteramos, es lo que flota en el aire, una lluvia tóxica que explotará el 18 de julio, golpe de Estado fascista que coincide con el fin de la relación a escondidas, como si lo palpable y conocido se desvaneciera y sólo quedara lugar para sangre, fusiles y el delirio. Ese día de estallido bélico y amargura sentimental Ignacio Abel asumirá la soledad como divisa impuesta por las circunstancias y cruzará otro peaje en su camino hacia el desapego al comprobar que sus esperanzas de una República reformadora y democrática se van al garete porque las pasiones políticas no entienden de leyes y sí de proclamas, uniformes y venganza, pura y dura. En este sentido el pensamiento del protagonista muestra cómo, desde su retiro neoyorquino, analiza Muñoz Molina el problema del ruedo ibérico, donde todos fueron grandes farsantes imbuidos por no muy nobles ideales, mentirosos de escándalo que tanto en un bando como otro engañaban a sus semejantes para difundir que todo iba bien en la senda hacia la victoria.

En ocasiones Ignacio Abel puede recordarnos al Aschenbach de La Muerte en Venecia. Ambos pasean por ruinas pletóricas, rebosantes de energía, ignorantes de sus límites decrépitos. Son estandartes de una humanidad quimérica, muñecos de tinta que aspiran al orden que debería existir si todo fuera perfecto. Su utopía topa contra un muro hecho de verdades dolorosas donde padecen y desaparecen porque la función no va con ellos, la realidad les supera porque no contiene en su interior la esencia del bien o la belleza. Estos personajes tienen en su haber la potencia del ideal que nunca será y tendría que ser, el magnetismo de quien cree en una cierta justicia que los demás no comparten porque se dejan sumergir, frágiles como el barro, en el fragor de la existencia, animales inércicos que prefieren el combate descamisado al pensamiento positivo. Abel y Aschenbach son oasis en un triste desierto, exiliados mentales que lloran en silencio por culpa de la locura que todo lo invade e impide crecer a nuestra desdichada especie.

La noche de los tiempos es una obra de dimensiones épicas. Lo es por su extensión y por lo que pretende. El tono neutro y pausado es su principal fuerza al generar un discurso político que amonesta el pasado con sutileza, poniendo los puntos sobre las ies para intentar comprender el porqué del desastre. La lentitud inicial del relato se aviva cuando se desencadenan los acontecimientos. La parte dedicada a ese terrible mes de julio es memorable por su alternar noticias periodísticas con la evolución de la trama, dando a la novela una velocidad vertiginosa y envolvente, sobre todo en esos nebulosos fragmentos de Madrid en armas, con Abel vagando intentando recabar información de su amor mientras el pueblo toma el inicio de las hostilidades como una gran fiesta que cimentará la futura revolución. Esa parte de la novela alcanza grandes momentos narrativos de inusual intensidad, pero luego el tempo decae y volvemos a sumirnos en pausas que parecen posos con llantos silenciosos, donde el reloj mueve sus agujas con lentitud a medida que se acerca el punto y final, como si con ese ritmo el narrador quisiera transmitir con más bestialidad la agonía republicana, dama violada por unos y por otros. Ignacio Abel reposa en una casucha norteamericana donde se sobresaltará por última vez mientras en España las tropas nacionales destruyan su querida Ciudad Universitaria.



El enfoque que Muñoz Molina da a esta eterna temática guerracivilista es sumamente interesante porque aúna didactismo y la novedad de quien prefiere escarbar más en los motivos que no en batallas o efemérides históricas que al ser noveladas quedan deformadas e irreconocibles, bien por partidismo, bien por no atenerse a la objetividad que requiere un asunto de tamaña importancia. Sí, lo sé, siempre seremos subjetivos, pero cabe la posibilidad de narrar lo más cruento de España con intención de aprehender y no erosionar. Los tópicos a veces son ciertos y esa comprensión es la única manera posible de aprender errores pretéritos, usándolos para mejorar y advertir a los que vendrán, que a buen seguro lo harán mejor que nosotros.


http://www.revistadeletras.net/viaje-hacia-el-abismo-personal-y-colectivo-la-noche-de-los-tiempos-de-antonio-munoz-molina/

martes 15 de diciembre de 2009

Hola, sóc el Pare Noel en Bcn Week


Hola, sóc el Pare Noel o com viure les festes disfressat (dejad que los niños se acerquen a mi) by Jordi Corominas i Julián

Quan era petit estimava les festes de Nadal. Las muñecas de famosa se dirigen al portal, para dar al niño su cariño y su amistad. Y Jesús en el pesebre sonríe porque está alegre. Rodolí. Un tronc cagava regals perquè li donava cops de bastó i pel carrer un petit percentatge d’adults anava disfressat amb colors estrafolaris. El somni conclogué quan amb set anys vaig veure que el rei negre de Santa Maria de Palautordera s’assemblava massa al pare d’un dels meus millors amics.

Els traumes passen i es reciclen. Ara passejo per Barcelona i les llums festives apagades fins que arribi la setmana consumista em semblen un robatori, la típica presa de pèl dels eficients polítics que ens governen. Fins i tot les persones que treballen de Pare i Mare Noel formen part d’aquest circ que tothom accepta sense remugar. La diferència és que ells ho fan per arribar a final de mes. Ningú de la nostra societat ha pensat en contractar barbuts sense sostre, per això els estudiants són els homínids amb més probabilitats de patir l’esquizofrènia de Santa Claus durant quinze dies de regals, jojojo i altres disbarats típics dels grans magatzems.

He aconseguit la informació que em permet mostrar-vos aquest article parlant amb dues persones que sacrificaren les seves vacances per fer pantomima remunerada. El nostre primer protagonista, víctima sacrificada, prefereix romandre en l’anonimat. Respon a les meves preguntes mentre unes dones canten flamenc. És divendres i anem una mica beguts. Trenquem el gel. No Jordi, ningú va voler estomacar-me. La majoria accepta les regles del joc i professa veneració malgrat sàpiguen de la farsa. S’apropen i demanen caramels. T’ho agraeixen i marxen. Pensa que jo era un Pare Noel de baix rang, fred a la porta d’ingrés, moltes mirades furtives a ties bones, lliurament de llaminadures i poc més. Els grans volen satisfer als petits. Com que som uns infeliços es respecta el ritual. M’ho passava bé, era molt entretingut observar les reaccions de desconeguts entusiasmats amb l’enlluernat i l’ambient nadalenc. Repetir-ho? Why not? M’abraçaven de broma i tots trobàvem la solidaritat de qui demana afecte i no sap com obtenir-lo.

Em deprimeixo. La meva imaginació frisava per històries corrosives i burles que deriven en tragèdia. Empleado del Corte Inglés es apaleado por su indumentaria. Truco a una amiga i em transmet esperança explicant-me la història d’un actor que demanà almoina transvestit de senyor dels rens. Guanyà molts calés per diferència i simpatia. Rodamóns de l’univers, uniu-vos! Pido para un Ferrari y un chalet en Marbella. Vull dades, sorpreses. Obro el meu Facebook i enlloc d’escriure que avui estic content o que rento els plats amb flors de Bach opto per demanar als meus amics si coneixen individus amb temporalitat lapònica. Bingo! Una noia resident a Costa Rica em narra per chat les seves experiències. Començà la seva carrera movent-se per autobusos i vagons de TMB, on omplia de joia als passatgers, si bé els avis desconfiaven d’aquella entusiasta Mare Noel, doncs creien que enlloc de donar xocolatines volia robar amb l’excusa de la celebració del naixement de Crist. Alguns nens ploraven i d’altres es llençaven al buit absolut, com si visquessin el seu moment infantil, psicologia pura, de barra de bar i dir la veritat. Un d’ells quan li preguntaren que necessitava el seu pare per Reis no tingué cap mena de por en dir que la urgència del moment era un xampú anticaspa. Chapeau per la criatura. Nietzche tenia raó.

Ens traslladem a Francesc Macià, a una gran superficie comercial. Ara la meva informadora ha progressat i passa vuit hores diàries vestida de patge d’en Baltasar. La ingenuïtat dels xiquets li dóna poders sobrenaturals. La miren amb esglai i es deixen transportar per la màgia. Cap d’ells vol quedar-se sense joguina, ignorants com són de la orgia monetària que generen. Els nadons, que poc poden entendre, obren els ulls i somriuen amb l’espectacle mentre els progenitors deixen escapar de la seva cuirassa un reguitzell de la il·lusió que tingueren anys enrera, quan no carregaven amb el pes econòmic previ a les campanades i els dotze grams...de raïm.

La meva sincera opinió és que aquests símbols importats haurien de morir cremats a una foguera demencial. El negre de Banyoles els substituiria i la seva presència seria un element integrador del planeta multicultural, Barack Obama acceptaria ser noi Freixenet i enlloc d’equins nòrdics ballaríem al voltant d’una taula duent amb orgull la llança de la reconciliació racial i la unitat de l’espècie. Malauradament els meus projectes són inviables i només tenim les bones accions per creure la pantomima.

Rebo un nou correu que completa l’entrellat. La patge, que alguns anomenaven en castellà paja real per després emmudir, participà a una campanya d’una coneguda emissora radiofònica que regalava joguines a la quitxalla més desvalguda. La única condició era que fossin noves, les velles anaven a la brossa. Moguda per un impuls caritatiu l’obrera emmascarada desafià les normes perquè sabia que els nens només volen gaudir amb els regals, per a ells la novetat no depèn de la segona mà. Per això agafà una antiga Nintendo amb un piló de jocs i la cedí d’amagatotis al Casal de nens del Raval. El rostre de les responsables s’engrescà i l’agraïment fou infinit. L’anècdota il·lustra massa bé la dualitat entre la normalitat de qui trepitja l’asfalt en contraposició dels que estiren les cames als seus luxosos despatxos. ¡Nochebuena de amor, Navidad luminosa, es el mensaje feliz de las muñecas famosa!


Foto: Jordi Corominas i Julián

lunes 14 de diciembre de 2009

La zona maldita en La Hora-L de Radio Barcelona-Cadena SER



A veces el mundo del crimen ofrece casos sorprendentes que trastocan la supuesta lógica de los acontecimientos.En Barcelona, el cruce de la Calle Industia con el Pasaje Catalunya se lleva la palma. Dos crímenes en el mismo lugar separados por una década....ambos con un muerto erróneo, víctimas que recibieron muerte sin entender las razones de sus asesinos.

Traté el caso de la zona maldita en un artículo antiguo de Matar en Barcelona, el enlace es el siguiente: http://corominasijulian.blogspot.com/2009/04/matar-en-barcelona-en-bcn-week.html


Crímenes en la Hora-L

Cada martes a partir de las 13.06 de la tarde


Radio Barcelona-Cadena SER

96.9 FM
666AM

domingo 13 de diciembre de 2009

Matar en Barcelona en Bcn Week: Carmen Broto




Carmen Broto by Jordi Corominas i Julián


Are you ready boots? Próxima estació: Joanic. Bajamos Paseo San Juan hasta Padre Claret. En el número 16 nos transportamos sesenta años atrás y vemos salir a una rubia platino del truculento portal. Se llama Carmen Broto. La esperan en un coche dos hombres para tomar unas copas y alargar una noche de lunes a martes del frío enero. El trío maravillas bebe en un par de bares y con el motor a toda pastilla se encamina hacia la zona del Hospital Clínic. Son las dos de la madrugada, quizá un poco más tarde. En un abrir y cerrar de ojos se desencadenará el crimen más famoso de la posguerra barcelonesa.

Los dos jóvenes acompañantes se llaman Jesús Navarro Manau y Jaime Viñes. Se conocen desde pequeños y saben muy bien cómo ganarse la vida sin dar un palo al agua. El primero es considerado un apolíneo, moderno de los cuarenta. Viste a la última y frecuenta los bares de moda por santa gracia de sus amoríos de pago con el empresario Eusebio López Sert, propietario del vehículo con rumbo a la muerte. Su amigo Viñas es más modesto. Trabaja en una panadería y desea con toda su alma que el golpe que quieren perpetrar llegue a buen puerto. No es fácil asesinar riqueza impostada para llenarse los bolsillos de oro.

Su plan es simple. Carmen Broto, oscense que aterrizó en Barcelona justo después de la Guerra Civil, es amante de Juan Martínez Penas, dueño del popular Tívoli. Su labor es básica para el entretenimiento de la gente y eso genera pingues beneficios. Estamos en una España sin internet ni televisión. El buen hombre se encapricha de la rubiales con alegría, sus amigos la llamaban cascabelitos, y pese a no recibir mucha atención sexual la luce y halaga con alhajas y abrigos de astracán. La antigua chica de la fábrica de cajas de cartón se da baños de abundancia y presume con amigas y desconocidos. Pobre Carmen. La Historia la tildará de puta, lesbiana, espía comunista, embaucadora y un largo etcétera sinsentido. Era una mantenida que, como bien indica la palabra, se aprovechaba de los favores que le brindaba el magnate cabaretero, quien se enorgullecía de ir acompañado por su trofeo a los toros y a los más caros restaurantes, donde las clases pudientes disfrutaban ocultos tras unos arbustos para no ofender al pueblo, hundido y a la deriva tras la victoria fascista de 1939. Esas fiestas de oropel no colmaban la energía de Carmen. Era normal verla en el bar Alaska, justo al lado de su casa, junto a gente de su edad como Jesús Navarro Manau, probable amante antes de enfundarse el traje de sepulturero.

Urbe con pocas horas de luz, cartillas de racionamiento y lunes de estreno. La noche del 10 de enero de 1949 Carmen y Jesús fueron al cine a ver Alma en Suplicio. Ella con Martínez Penas y una amiga al Metropol de Roger de Llúria. Él con su novia al Capitol de la Rambla. Al terminar la sesión ambos se despiden de sus parejas. Corre el reloj. La una. Los bares. Las dos. El Clínic.

Volvamos al primer párrafo. Después de consumir coñac en dos establecimientos, Carmen y sus acompañantes se dirigen al Ensanche para consumar su afán de nocturnidad. La algarabía cede paso al dolor, luego al desconcierto. Viñas revela la verdadera intención de la velada: robar la caja de caudales de Martínez Penas, residente en el número 139 de la Calle Aribau. Por ello no nos tiene que extrañar en absoluto que la víctima recibiera el primer mazazo a escasos cien metros, en la esquina con Provença, del destino planeado por sus amigos. Verónica Lake intenta huir, un guardia del hospital la ve con sangre en el cráneo y sugiere ingresarla. Jesús y Jaime se excusan con el pretexto de llevarla a una clínica privada. Arrancan los motores. Diagonal vacía, Gracia en silencio. Les espera un tercer hombre, clave en el operativo. Es el padre de Navarro, experto espadista, número uno en abrir candados, cajas fuertes y lo que ustedes quieran. Llámenle. El delincuente progenitor les atiende en Encarnació con un chasco enorme al ver el enorme charco de sangre y el cadáver femenino. Los nervios apremian. Dejan el coche de cualquier manera en el cruce de Sant Lluís con Escorial y entierran el cuerpo en un huerto de propiedad que resuelve el entuerto en la calle Legalidad. 2:30 de la madrugada. Una hora y media más tarde un taxista halla el cuerpo suicida del padre a escasas manzanas del bar Alaska. Cianuro y adiós, lo mismo que Viñas, fiambre con una nota en una triste habitación de hotel: Soy inocente. No se culpe a nadie de mi muerte. La vida es sueño. Y los sueños, sueños son. El único detenido por el homicidio de Carmen Broto será Jesús Navarro Manau, un perla que al ingresar en prisión se casó con su novia, embarazada. El verdadero hijo del caso, quien le de leyenda y esplendor, será Juan Marsé al publicar en 1976 Si te dicen que caí, novela donde aquel crimen que despertó a Barcelona de la falsa paz de los vencedores se erige en símbolo y alarga un mito que aun se resiste a morir.


Ilustración de Nil Bartolozzi: www.bartolozzinil.blogspot.com

viernes 11 de diciembre de 2009

Loopoesia en la Cigale: nuevo vídeo loopoético








Lo publicamos en el blog de Loopoesia, pero creo que merece estar aquí. Gracias a Juan y a todos los chicos de La Cigale.